Documentación

En este apartado he incluido menciones a los mitos y temas que he usado para la construcción del argumento de la novela, algunos de ellos muy cambiados, o mejor dicho, tamizados por mi creatividad, que queda mejor.

Fundamentalmente, me he inspirado en el mito del Gran Monarca, del cual se pueden encontrar referencias en diversos autores, uno de ellos, Nostradamus, aunque esto es algo poco conocido. El mito del Gran Monarca se vincula con el del Rey Dormido o Perdido, con una clara perspectiva escatológica, relacionado con el Fin de los Tiempos. Otros mitos conexos son el del Rey del Mundo (existe un libro del mismo título de René Guènon que se puede consultar), y el del Preste Juan, otro mítico emperador teocrático de la Edad Media de corte cristiano.

Nostradamus

Documental del canal de Historia donde se cuenta la vida de Nostradamus, en el 500 aniversario de su nacimiento

Nostradamus, 500 años después – Episodio 1

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Nostradamus, 500 años después – Episodio 2

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El Mito del Gran Monarca

Fuente:

http://usuarios.lycos.es/CONTEMPLATIO/N-%20la%20funcion%20escatologica.htm

En la tradición occidental existe una “leyenda” muy extendida sobre la aparición, al final de los tiempos, de dos personajes que tendrían una función clave en la restauración tradicional, nos referimos al Gran Monarca y al Santo Papa, que la tradición asimila a los dos testigos citados en el Apocalipsis, Enoc y Elías, representantes de los poderes temporal y espiritual supremos, el Mahanga y el Mahatma del hinduismo, subordinados al Brahmatma o Rey del mundo, el “Polo” de la tradición islámica. Como dice Gaston Georgel: Se confunde entre los milenaristas el Juicio último con el eventual “castigo purificador” que debe preceder al “gran monarca”, cuyo reinado es de 20 años, con el “Gran Monarca” de la Segunda Venida, es decir, Cristo mismo. No entraremos en detalles sobre este tema que ha llevado a tantas confusiones y que, según Guénon, concierne directamente a la preparación del enderezamiento final, anotaremos simplemente su relación con la élite occidental en palabras de san Francisco de Paula (1416-1507): Él tendrá sobre la tierra doce reyes, un Emperador y Papa, con algunos príncipes, y todos llevarán una vida santa; y según Holzhauser, cuando la gran paz a la que hicimos referencia anteriormente reine en la tierra: un carro triunfal se dirigió a Oriente, sobre el que estaban sentado los tres grandes del Imperio que yo he visto. Añadiremos que el número doce referido a una organización espiritual: los 12 apóstoles, los 12 caballeros de la Tabla redonda, etc. es un indicio de que se habla de la máxima jerarquía iniciática.

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Fuente: http://www.nuevorden.net/kc_06.html

En las tradiciones de todos los pueblos indoeuropeos, o herederos de los mismos así como de su cultura o cosmovisión, siempre ha existido un Rey, Emperador o Jefe que – se encuentra “dormido”, escondido en una isla o en una profunda caverna, pero que aparecerá al final de los tiempos para hacer triunfar la justicia y la verdad, reestablecer el Orden y derrotar a las fuerzas del Caos y la Disolución, preparando el advenimiento de una nueva Edad de Oro o Solar. De hecho, significa el deseo simbólico de regresar a la pureza de los orígenes con la que sueña el inconsciente colectivo de todo pueblo que aún no esté completamente contaminado por el virus democrático-progresista, de ahí – que en pleno siglo XX -el siglo nauseabundo de las megalópolis y de las masas- después de unos cuantos siglos de fatal “oscurecimiento de lo divino”, haya reaparecido (1) con fuerza dicho mito escatológico. Fue como un anuncio, en plena fase terminal y disoluta del Kali-Yuga, de la nueva etapa que ha de venir después de la inevitable catástrofe que se avecina y que todos, de una manera u otra, presentimos y que nos negamos a ver. El mismo Hitler ya dijo en 1928 “Yo sé que no soy Aquél que ha de venir” y años más tarde, en el año 1945, cuando el III Reich se desmoronaba definitivamente ante la Bestia apocalíptica judeo-masónico-comunista-liberal, alentó a los suyos a seguir luchando por “El que vendrá”. Estas visiones o profecías de Adolf Hitler, nuestro dulce Cristo Germánico, empalmarían con las de otro gran personaje de nuestra Patria Europea: Juliano, el Emperador de Roma cuando ésta ya se acercaba a su ocaso final y que intentó frenar el ascenso, ya imparable, de ese cáncer tenebroso que nos ha conducido al estado actual: el judeocristianismo. Por ello los verdaderos representantes de la cultura europea le apodaron como “el último romano”, es decir, el último gran representante de la visión imperial, heroico-viril y solar de Roma, mientras la escoria enfermiza judeo -cristiana le puso el apodo despectivo de “el apóstata”. El Emperador Juliano antes de morir tuvo una extraña visión: vio el Águila Imperial de Roma (emblema de Zeus-Júpiter) que volaba hacia Oriente y se refugiaba por casi dos milenios en las montañas más altas del mundo. Luego volvía a Occidente con un símbolo sagrado entre las patas y el Imperio le aclamaba. Era el año 363 d. C. y Juliano, el Emperador filósofo, asceta, artis-ta, estratega, hombre de letras, místico e iniciado, y al que tanto se le pareció muchos siglos después A. Hitler, murió con tan sólo 32 años de edad. Tanto Juliano, en el S. IV, como Hitler, en el S. XX, profetizaron el advenimiento de una nueva Edad de Oro o Solar y, con ella, el resurgimiento de Occidente, de nuestra Patria Europea de la mano de ese misterioso personaje al que Hitler aludió un tanto enigmáticamente como “El que vendrá”. En la mitología indo-aria “el que vendrá” es el Mesías vengador Kalki, que pondrá fin al caos y disolución actuales e inaugurando un nuevo ciclo ascendente. Si al año de la muerte del gran Emperador romano (363 d. C.) le añadimos los dos milenios de la visión que tuvo poco antes de dejar este mundo, tendríamos la fecha 2.363, fecha que coincide, aproximadamente, con el final de esta última fase –la más destructiva- del Kali-Yuga o Edad de Hierro y, por lo tanto, una nueva renovación del cosmos con el advenimiento de un nuevo Krita-Yuga o Edad de Oro. Es la Ley Cíclica del Eterno Retorno opuesta radicalmente a la ley judeodemocrática del progreso lineal indefinido. Pero se da la coincidencia que esa nueva Edad de Oro que vendrá (hacia el 2.363 aproxima-damente, no lo olvidemos), coincidirá con el final de la Era de Piscis, la era actual del judeocristianismo (el símbolo secreto inicial de los judeocristianos fue el pez), y el co mienzo de la Era de Acuario, produciéndose así una coincidencia única en 64.800 años (la duración de todo un Manvantara o ciclo humano y cósmico compuesto por las cuatro Eras de Oro, Plata, Bronce y Hierro): la renovación zodiacal (que dura 26.000 años aproximadamente, la duración total de los 12 signos del zodiaco) coincide con el tránsito de la actual Edad de Hierro a una nueva Edad de Oro o Solar. El signo de Acuario va ligado a los conceptos de Juventud espiritual, Jerarquía, Renovación, Pureza… la antítesis del mundo moderno liberal e igualitario, en definitiva. Nuestro deber por lo tanto es, como decía Evola, “permanecer en pié en este mundo en ruinas” y seguir luchando para ir acelerando el proceso de descomposición y disolución del mismo ya que, aunque no lleguemos a ver el nuevo comienzo, siempre tendremos el inmenso orgullo de haber preparado su camino. Como decía Ramiro Ledesma: “No parar hasta conquistar”.

En nuestra Europa existe una ramificación o versión de dicho mito indo-ario, que tuvo un gran esplendor en la Edad Media, etapa áurea de nuestro continente después de la caída inevitable del Imperio Romano. Es el mito del Emperador dormido, generalmente en el seno de una montaña (símbolo de Jerarquía espiritual y de Verticalidad), o del Rey Perdido. Se trata de la personificación simbólica de la nostalgia por la pureza espiritual perdida, de la espera escatológica del IMPERIUM perenne. Esta simbólica “vuelta al orígen” supone, en realidad una concepción cíclica de la Historia y que se opone diametralmente a la concepción lineal del judeocristianismo o de las doctrinas modernas igualitario-progresistas. Cada país europeo ha tenido sus “representantes” o AVATARES de dicho mito fundamentalmente pagano y pre-cristiano (2). Hagamos un breve repaso, a modo de ejemplo.

Nuestra gloriosa y entrañable España, también ha tenido sus avatares o representantes del mito indo-europeo del “Jefe Perdido”. Roderic o Rodrigo, último Rey visigodo que desapareció misteriosamente en su combate contra las tropas árabes lideradas por Tarik. Rodrigo fue derrotado y la dinastía visigoda derrocada pero, Pelayo, antiguo portaespada de Rodrigo, consiguiendo la primera victoria neta sobre los árabes, comenzó la Reconquista de España en nombre todavía del Reino visigodo de Toledo y de la legitimidad dinástica encarnada por Rodrigo. Otger Khatalon, héroe germánico de Cataluña y oriundo de Baviera, que empuñaba una maza como el Hércules mítico. Según la leyenda liberó el Valle de Arán y el de Aneu del dominio musulmán y se rodeó de un grupo aristocrático-místico y mítico “los nueve barones de la fama” que agruparon a los mas viejos linajes catalanes. Una vez cumplida su obra, desapareció sin dejar rastro…

Alfonso I el Batallador y Pedro II el Católico, Reyes medievales, desaparecieron en el campo de batalla, el primero contra los musulmanes y el segundo contra las huestes papales en la famosa Cruzada contra los cátaros. Sus respectivas muertes dejaron tras de sí un hálito de misterio y sus seguidores nunca quisieron creer en ellas. Lo mismo podría decirse de otros grandes reyes medievales como Fernán González, primer conde de Castilla, a quien, según la leyenda, educó un mago y consagró un misterioso ermitaño, después de haber tenido por antepasados a gigantes reconocidos por la memoria popular, Fernando III de Castilla, apodado “el Santo”, que en el año 1230 unificó definitivamente los reinos de León y Castilla o Jaime I el Conquistador, considerado por sus súbditos como a un ser auténticamente predestinado y que, además, fue educado en su juventud por la Orden de los Templarios, o Felipe II (3), el rey más poderoso de su época que, como si de un nuevo Rey-Mago-Sacerdote se tratara, construyó el Monasterio de San Lorenzo del Escorial, Axis Mundi (Centro del Mundo) de su Imperio e imagen visible y simbólica de Thule, la Patria originaria de los divinos arios… o ya en pleno siglo XX, el fundador y Jefe Nacional de la Falange Española José Antonio que, como en la leyenda del “Emperador dormido”, descansa en el interior de una montaña…

Según la leyenda, el mítico fundador de Roma, Rómulo, después de gobernar durante cuarenta años, mientras un día estaba pasando revista a las tropas en Campo Marcio, cerca de donde actualmente se encuentra el Panteón, estalló de repente una terrible tormenta que le hizo desaparecer de la vista de todos para siempre al quedar ocultado en una espesa nube. Alguno de los senadores que estaba cerca de él dijeron que se lo había llevado la tormenta. Pero poco después se le apareció a un granjero profetizando el futuro esplendoroso y áureo de Roma. A partir de esa aparición, a Rómulo se le veneró como a un Dios.

En Portugal, por ejemplo, tenemos el caso del Rey Don Sebastián, que en el año 1578 “desapareció” durante la batalla de Alcazarquivir contra los moros. Según la leyenda, reaparecerá en un día de bruma para continuar su lucha contra las fuerzas del Mal. En Rusia, la leyenda del Zar Alejandro I, el Zar de la Santa Alianza, también participa del mito del “Rey Perdido”. Alejandro I murió bruscamente durante un viaje por Crimea, pero su pueblo nunca quiso creer en su muerte, corriendo el rumor de que su muerte se trataba de un simulacro y de que había tomado la identidad de un eremita. Cuando en el año 1926 se abrió su tumba, se descubrió que estaba vacía…

Otro personaje histórico inesperado, se integra en el mito del “Rey Perdido”: Vlad III, llamado Vlad Tepes, perteneciente a la “Orden del Dragón” (de ahí el apodo de “Drácu-la”) (4), Rey de Valaquia entre 1448 y 1476, héroe en la lucha contra el peligro turco. Precisamente su memoria y su historia han sido falsificadas por la piltrafa paranoico-depresiva de Bram Stocker, un sinvergüenza espiritista y degenerado anglosajón perteneciente a la secta inglesa contrainiciática de la “Golden Down”. Este farsante, que se las daba de escritor, desgraciadamente alcanzó un gran prestigio en nuestro “maravilloso” mundo moderno plagado de enfermos mentales, de ahí la popularidad que tuvo con la mamarrachada del conde chupa-sangre que, por supuesto, nada tenía que ver con el Drácula histórico, verdadero defensor de Europa contra los turcos. A la muerte de este extraordinario guerrero y luchador contra los turcos, así como defensor de nuestra amada y Sagrada Europa, que fue Vlad III, nació una tradición según la cual volvería un día para reinar eternamente. En 1932 se abrió su tumba y se descubrió que estaba vacía…

En Dinamarca también encontramos otra interesante ramificación del mito del “Rey Perdido”. Ogier de Dinamarca se encuentra actualmente escondido en lo más profundo de una montaña, o en los subterráneos del castillo de Kronburg, de donde surgirá al fin de los tiempos para salvar a su país… al igual que los Emperadores germánicos del Medievo europeo Federico I y II que moran en el interior de las montañas Odenberg o el Kyffhäuser… En Inglaterra, el Rey Arturo, protagonista del Ciclo del Grial y de los Caballeros de la Tabla Redonda, después de la batalla contra las fuerzas del mal representadas por Mordred, se retira a la isla Avalón…En Francia, del Emperador Carlomagno se dirá lo mismo: que no está muerto, sino que aguarda el tiempo en que sus súbditos vuel-van a necesitarlo. La historiografía oficial no ha logrado aun descubrir el destino del Delfín de Francia, Luis XVII, desaparecido sin dejar rastro de la Torre del Temple de París tras el guillotinamiento de sus padres…

Para volver otra vez al siglo XX, hubo muchos que se negaron a creer en la muerte del caudillo germánico y fundador del III Reich Adolf Hitler, y durante años circuló el rumor de que consiguió sobrevivir al cerco ruso de Berlín y huir al Polo en donde prepararía el retorno y la venganza… Como la profecía que señalaba la “vuelta” del Zar Nicolás II, mártir de la Revolución roja (asesinado en 1918 con toda su familia por la basura marxista). Efectivamente, Nicolás II ha “vuelto” aunque de una manera simbólica: ha sido canonizado por la Iglesia Ortodoxa rusa, algo que ha puesto los pelos de punta a la basura democrática y judeo-comunista. Precisamente, como ya señaló en su día J. Evola, el cristianismo ortodoxo ruso se acerca mucho más a la visión del mundo de los pueblos indoeuropeos que el cristianismo romano-vaticanista. No hay más que ver la prestancia viril y sobria de un monje ortodoxo y la pinta afeminada y liberaloide de un curita-progre vaticanista: mientras el primero impone respeto, el segundo sólo nos invita al desprecio y a la repugnancia cuando no a la carcajada.

Tenemos también la leyenda del gran Ungern-Sternberg, Khan de Mongolia, llamado por sus seguidores “El Dios Blanco de la Guerra” que se enfrentó al Moscú Rojo y que soñó, en pleno siglo XX, con un gran Imperio Euroasiático dirigido por una aristocracia guerrera y religiosa alentada por la herencia de Gengis Khan (otra variante del mito del “Rey Perdido”). Curiosamente, Ungern portaba como símbolo, al igual que el mítico Gengis Khan, la esvástica. Si Ungern hubiera vencido en su Guerra Santa contra el comunismo ni Siberia, ni Mongolia, ni probablemente China habrían sido rojas. Sin lugar a dudas la historia universal se hubiera escrito de otro modo. “El Dios Blanco de la Guerra” fue asesinado por los rojos el 17 de Septiembre de 1921, aunque su muerte será negada durante mucho tiempo por los pueblos nómadas de la estepa que juraron ha-berle visto en forma de un gran lobo blanco merodeando por los alrededores del lugar donde murió: Karakorum (5).

El mito del “Rey Perdido”, del “Emperador Dormido”, del “Gran Monarca” o del “Rey del Mundo” es siempre el mismo tema, el de un gran jefe político-militar, un gran caudillo de un pueblo que “desaparece”, esperando el fin de los tiempos, para luego volver poniendo fin a un ciclo histórico agotado e inaugurar una nueva etapa heroica y ascensional. Caudillo derrotado en ocasiones (Arturo, José Antonio, Hitler…), en otras muerto, pero que su cadáver jamás se encuentra (Alfonso I el Batallador, Hitler, Federico I Barbarroja, Rodrigo…), o simplemente líder victorioso de un período áureo (Alejandro Magno, Carlomagno, Carlos V, Felipe II…), consciente de la etapa de descomposición y decadencia en que vive la humanidad y que deciden pasar a una especie de estado de letargo hasta que se produzca la renovación del tiempo de la que él mismo será vehículo. Todos ellos son prefiguraciones, más o menos directas, del Mesías Kalki que, según la tradición indo-aria, vendrá al final de los tiempos para restaurar el Orden y la Justicia en el mundo. “El que vendrá”, según Hitler.

Siempre la morada de este “Rey Perdido” es un símbolo polar: una montaña (Federico I y II, Ogier de Dinamarca, José Antonio, Carlomagno…), una isla (Arturo…), un Castillo (Otger Khatalon, Vlad III…). Las moradas o residencias de todos estos personajes, son imágenes visibles y a la vez simbólicas del Centro Supremo primordial: Hiperbórea, Patria y lugar de origen de la Tradición Primordial y de la raza divina de los arios y cuya capital o centro supremo fue Thule.

Janus Montsalvat
Septentrionis Lux

N O T A S:
(1).-Según una profecía, las desgracias y calamidades que asolan a los pueblos indoeu-ropeos durarían hasta comienzos del III milenio después de Cristo, alcanzando en este momento su punto culminante, su Solsticio de Invierno, para luego resucitar y levantar-se, recobrando así su antigua libertad tras una larga etapa de oscurecimiento, invasión y esclavización por parte de razas crepusculares y demoníacas. Así pues, a pesar de lo que nos dice el Sistema, la inmigración no será, ni mucho menos, sinónimo de integración sino que es el preludio de un conflicto destructor y apocalíptico entre Europa, con todo lo que ella representa (Cultura, Raza, Civilización, Cosmovisión, etc.), y la Anti-Europa con todos sus falsos y decadentes mitos judaicos (Igualdad, Democracia, Progreso, Mestizaje, Masificación, etc.). Libros sagrados arios como el Völuspa y el Gylfaginning dicen que un “nuevo sol” y la raza aria purificada, se levantarán tras el Ragnarökrr (el final de los tiempos), restaurando la tradición primordial de los orígenes.
(2). Evidentemente, también hay parodias siniestras y demoníacas de dicho mito; especie de caricaturas o imágenes invertidas del mismo: ahí están los casos de fantoches y sinvergüenzas como Kennedy o de Lenin, representantes de los imperialismos antitradicionales y antieuropeos de Yanquilandia y la ya extinta URSS.
Al primer farsante –ejecutado en l963-, el católico y degenerado Kennedy, tras su muerte se congeló su cadáver con la inútil esperanza de que la ciencia moderna le hiciera revivir en un futuro más o menos próximo.
La momia embalsamada de Lenin, siguiendo el ejemplo egipcio, ha descansado en el centro –político y cultural- del imperio bolchevique. El Mausoleo de Lenin imita el estilo de las pirámides egipcias y que tiene la forma truncada en su significado subversivo y claramente contrainiciático. Los casos de Kennedy y de Lenin, representantes del capitalismo judeo-yanqui y del comunismo respectivamente, son dos imágenes paródicas y satánicas del mito indoeuropeo e hiperbóreo del “Rey Perdido” o del “Emperador dormido”. Una vez más capitalismo y comunismo se dan la mano en lo que ambos tienen de subversivos, de desmitificadores y desacralizadores del mundo. Ya decía J. Evola que EEUU y la URSS eran dos ramificaciones de una mismo Mal o una moneda de dos caras.
(3).-Felipe II fue un rey insólito y enigmático donde los haya debido a sus extraños gustos esotéricos y mágicos; incluso su nacimiento, según algunos investigadores, está sumido en el misterio. Dónde, cómo y cuándo nació Felipe II es todavía una de las asignaturas pendientes de la Historia de este misterioso monarca español que tuvo al mundo a sus pies en pleno siglo XVI, aunque algunos gilipollas nacional-católicos nos lo hayan presentado como “más papista que el Papa” y como un campeón del Vaticanismo a ultranza.
(4).-El padre de Vlad III, formaba parte de la “Orden del Dragón”, fundada en 1418 por el Emperador Segismundo de Hungría, y bajo su emblema Drácula (es decir, el Hijo del Dragón, un animal solar, no lo olvidemos, tergiversado por el judeocristianismo) combatió contra los turcos.
(5).-Hay que señalar que tanto Gengis Khan como Ungern eran de raza aria. El Barón Ungern nació el 28 de Diciembre de 1885 en Gratz (Austria) en el seno de una familia aristocrática báltica procedente de Estonia. Dos de sus antepasados habían pertenecido a la “Orden de los Teutónicos” que cayeron luchando contra los polacos. Más tarde, sus descendientes sirvieron a la Orden, a Alemania, y por último al Zar Ruso y a su Imperio. Según parece el linaje de Gengis se caracterizaba por el color azul de los ojos y el pelo “pelirrojo”.

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La Orden Negra

Fuente: http://www.ssecretas.com/ordenegra.html

Durante la ultima decada algunos investigadores franceses han puesto de relieve las influencias de una practicamente desconocida sociedad secreta conocida como la “Orden Negra”. Este grupo no solo ha influido -a decir de Jean Robin- en decisiones politicas de importancia, sino que ha introducido en la conformidad de la poblacion todo tipo de creencias delirantes. Conozca, de primera mano todos sus detalles.

Nuestra civilizacion se encuentra en el ojo de un gran torbellinos historico. En el se estan produciendo cataclismos formidables y se estan revelando los signos precursores de un Gran Cambio que han ido preparando sigilosamente generaciones enteras de hombres entregados al Secreto. Jean Robin, especialista en Sociedades Secretas e Historia de las Religiones, revelo en 1988 la existencia de una gran conspiracion internacional que parece involucrar tanto a presuntos miembros de civilizaciones intraterrenas como a seres interdimensionales (!). Ademas pretendidamente, desenmascara la participacion de miembros de varios servicios de inteligencia y hasta del propio general De Gaulle -jefe de la Resistencia y fundador de la IV Republica Francesa- en una misteriosa sociedad secreta infiltrada en Francia, Europa y en el mundo entero.

Las revelaciones que se han estado haciendo en Francia desde inicios de la decada pasada y la interpretacion de que ellas han dado Jean Robin, nos trasladamos hasta la apoteosis de un mito: la existencia de una poderosa y omniscente Orden Negra que, segun los indicios recuperados por este autor galo, conduciria en la sombra todos los grandes acontecimientos mundiales contemporaneos.

Segun las investigaciones de Robin, la finalidad de este supersociedad secreta de iniciados es la de preparar al mundo para el advenimiento de “Aquel” del que Adolf Hitler no habria sido mas que un precursor. Por ello no faltan los que interpretan que tras de estas particulares “revelaciones” se esconde el anuncio de la llegada del mitico Anticristo, pero, se trata solo de un simbolismo o hay algo mas detras?..

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Pero, que tipo de accion? De Gaulle, para quien “Francia sin grandeza no es Francia”, creia que tena una especie de “mision” que desempeñar como heraldo del advenimiento del Gran Monarca (Anti-cristo). Segun argumenta simbolicamente San Remy, este Gran Monarca debia venir al final de los tiempos para conducir al planeta hacia la consecucion de los oscuros designios trazados para el por la divinidad: “Francia no podria cerrar su historia mas dignamente en los dias de la parusia”, declaro.

Con la entrada en juego de la Orden Negra, el “mitico” objetivo de llevar al poder a un unico Gran Monarca mundial no quedaria solo en los “planes” del Destino, sino que revela la presunta existencia de un metitado plan para llevarlo a cabo. El aludido reverendo Martin nos confiesa, espantado, que ese Plan podria haber sido diseñado y paulativamente ejecutado por la mismisima Orden Negra.

Quiza todo esto sea fruto de la imaginativa mente de Robin, pero no es menos cierto que existen sintomas para hacernos creer en esta insolita vision de nuestra historia. La reestructuracion de Europa, la caida de sus fronteras, la desaparicion del bloque sovietico del teatro politico mundial, la estrepitosa xenofobia que recorre sus calles hoy en dia, unidos a un rabioso malestar social debido a las inevitables razones economicas, hacen que sean de vital importancia las aclaraciones de Saint-Loup: “En 1944 la Waffen S.S. -aseguraba- contaba con tantos extranjeros como alemanes que se alistaban con la esperanza de construir una Europa nueva, regida por una casta de guerreros, sin fronteras interioes, socialista y racista, mientras que las antiguas unidades formadas por los alemanes continuaban preparando el advenimiento del “Gran Reich”. Entre ellos se destacaba una compañia especial, entrenada para el combate revolucionario y, parece ser, inspirada por un misticismo secreto cuyo origen algunos veian en los “magos” agrupados alrededor de Himmler”.

La coincidencia entre el objetivo gaullista y el nacionalsocialista de implantar un Gran Monarca (o “Gran Reich”) en Europa quiza no sea tan casula como parece. Solo un elemento comun entre ambas tendencias (La Orden Negra?) podia haber unificado ese criterio. Si alguien duda de la relacion de De Gaulle/Hitler, consultese en las “Memorias” del primero la carta que Himmler le enviara al final de la guerra: “…Pero ahora, que va a hacer usted?? Asociarse con los anglosajones? Lo trataran como un satelie y le haran perder el honor. Asociarse a los Soviets? Someteran a Francia a su ley y le liquidaran. En realidad el unico camino que pueda conducir a su pueblo a la grandeza y a la independencia es el de la entente con la Alemania vencida. Proclamelo enseguida. Entre en relacion con los hombres que en el Reich aun disponen de un poder factual y que desean encaminar a su pais en una direccion nueva. Estan listos. Se lo piden. Si usted domina el espiritu de venganza, si aprovecha la ocasion que la Historia le ofrece hoy, sera el hombre mas grande de todos los tiempos”. Habria sido pues De Gaulle un confederado de una organizacion que habria estado detras de la “Orden de los 45” a saber la Orden Negra? La realidad toma aveces visos de sueño.

El Mito del Rey Dormido

Fuente:

http://infokrisis.blogia.com/2008/121208-el-mito-el-rey-perdido.php

El mito el rey perdido

Infokrisis.- Publicamos una nueva serie de artículos escritos hace más de 10 años yque en su momento se publicaron en distintas revistas. Como puede verse, los temas están relacionados habitualmente con cuestiones esotéricas y misterios de la historia o bien reflexiones sobrel a modernidad. Estamos intentando rescatar nuestros archivos personales. Ahora le toca al tema del Rey Perdido.Todos los países de Europa sin excepción, tienen un tema común relacionado con sus monarquías: el mito del Rey Perdido. Un rey justo, legítimo y amado por sus súbditos, desaparece misteriosamente; todos se niegan a creer que haya muerto, se ha retirado a un lugar oculto y volverá cuando la hora sea propicia para ponerse al frente de la legión de los elegidos en la batalla final contra las fuerzas del mal.

ORIGEN DE LA FUNCION REAL

La etimología de la palabra “rey” es importante a la hora de determinar el concepto que el mundo antiguo se hacía de la función y del símbolo real. Se admite unánimemente que se trata de un término indo‑europeo cuya huella se encuentra desde el área extrema de expansión celta (Europa Occidental) hasta la india védica.

Siempre, en todas partes, se encuentra la raíz reg‑ que da lugar a las variaciones rex (latino), el raj (hindú) y el rix (galo), presentes en palabras y nombres como dirigere, Mahararajh, o Vercingetorix. En general la raíz reg‑ indica a “aquel que traza el camino”, es decir, define la jefatura y el mando.

De esta misma raíz deriva la palabra y el concepto de derecho (trazar el camino implica, en definitiva, enunciar un derecho, promulgar una ley): right (en inglés), recht (irlandés antiguo), recht (alemán), y encontramos la misma simetría en la lengua latina entre rex y lex.
Al establecer que la función real era  “trazar el camino”, los pueblos indo‑europeos hacían algo más que calificar al jefe político‑militar.

De hecho la historia nos enseña que no fue sino en un período tardío cuando los monarcas asumieron la conducción militar de su pueblo, mientras que la política estaba delegada a la nobleza. El “dux” -palabra próxima a rex- indicaba a los caudillos militares que asumían el mando en momentos de crisis y en los que el rex delegaba la función guerrera. Luego, cuando se superaba la crisis, desaparecía el cargo de “dux bellorum”, caudillo de las batallas, literalmente.”Trazar el camino”, guiar a su pueblo por las seis rutas del espacio definidas por la cruz tridimensional que marca las direcciones del espacio. El rex tenía el poder de guiar a su pueblo en todas estas direcciones.

La función real primitiva se justificaba en que reyes y dioses no eran sino una misma persona. En el Apocalipsis de Juan se encuentra un eco de este orden de ideas: “Aquel que se sienta sobre el trono” declara “Yo soy el Alfa y el Omega, el Principio y el Fin”.

El rey era pues concebido como un punto de irradiación, no humano, encarnación directa de poderes trascendentes y, en tanto que tal, digno de ser obedecido; el mando, no era obtenido ni mediante elección, ni por aclamación, sino que procedía de un contacto tangible con entidades superiores, condición imprescindible para que los súbditos aceptaran la sumisión a su voluntad.

LA IDEA DE ORDEN

La prosperidad del reino, la victoria en las batallas y la justeza de sus decisiones, es decir, el Orden, eran muestra del origen divino y legítimo del poder. Si se producía un descalabro militar, una mala cosecha, si la injusticia se enseñoreaba, todo ello mostraba el debilitamiento del vínculo que unía el rey al supramundo y a los poderes trascendentes. Entonces sus súbditos podían destronarlo.
La vieja leyenda itálica del Rey de los Bosques de Nemi, cuenta que este rey está siempre en guardia bajo un árbol sagrado, y seguirá siendo rey hasta que un esclavo fugitivo consiga sorprenderlo y arrancar una rama del árbol que custodia. Por “esclavo fugitivo” hay que entender un hombre emancipado de los lazos de la materia y que ha logrado establecer un vínculo con la trascendencia.

El mismo símbolo del árbol es reiterativo, indica la fuente de un poder y se relaciona habitualmente en el universo simbólico indo‑europeo con la montaña, el centro, la isla, el jardín bienaventurado, etc. Todos estos símbolos suponen lugares inaccesibles, en los que reina el Orden, mientras que a su alrededor, todo fluye, es caos y dinamismo contingente. Residir o tener acceso a uno de estos símbolos supone conquistar la función real. La montaña del Grial, el castillo de Camelot, la isla de Avalon, el Roble del Destino, el Jardín de las Rosas, el Omphalos de Delfos, etc. pueden ser relacionados fácilmente con lo que decimos y constituyen centro de un período dorado para la humanidad.

Ahora bien, el hecho de que todo en el mundo tradicional indo‑europeo esté sometido a ciclos ‑ciclo de las estaciones, ciclos lunares, rotación sideral, vida humana‑ hace que la Edad Dorada no se prolongue hasta el infinito. El tiempo la va desgastando hasta que se produce una caida de nivel que registran todas las tradiciones. Sin embargo, el centro, la montaña, el jardín, o la misma función real no desaparecen, sino que entran en un estado de latencia; se vuelven inalcanzables para los hombres comunes y dejan de influir en los destinos contingentes del mundo. El Jardín del Edén, no desaparece tras la caída de Adán, simplemente se hace inaccesible; otro tanto ocurre con el castillo del Grial, solo visible para las almas puras; en el caso del Jardín de las Rosas del Rey Laurin -que todavía puede visitarse en Bolzano- un hilo de seda lo convierte en impenetrable. La idea es siempre la misma: algo visible, pasa a otra dimensión, no muere, sin embargo, solo se oculta temporalmente, “hasta que los tiempos estén prestos”, es decir, hasta que una nueva renovación del cosmos, haga posible la manifestación del centro supremo. Y lo mismo ocurre con los monarcas.

EL REY PERDIDO, NO-MUERTO, AGUARDA SU HORA

En este contexto los pueblos indo‑europeos han tenido siempre muy arraigado en su estructura mental, el mito del Rey Perdido: un rey querido por todos, justo, amado por su pueblo, deseado,  en un momento dado, desaparece; su pueblo se niega a creer en su muerte; no es posible que los dioses hayan abandonado a un ser tan noble y justo, se dicen, “no a muerto, está vivo en algún lugar, y un día regresará para ponerse al frente de sus fieles”. Esta estructura se repite una y otra vez en las viejas tradiciones de las distintas ramas del tronco común indo‑europeo.

Podemos establecer que los últimos reflejos en estado puro de tal mito terminan con Federico I Barbarroja y, ya en una dimensión esotérica, con la marcha de los Rosacruces de Europa al inicio de la Guerra de los Treinta Años. Pero el mito, ha reaparecido insistentemente en la edad moderna e incluso contemporánea, mostrando la fuerza de su arraigo en la mentalidad indo‑europea.

EL GRAN MONARCA Y EL REY DEL MUNDO

Dos autores de singular personalidad han recuperado tradiciones relativas a este mito. De una parte Nostradamus en sus célebres “centurias” alude al “gran monarca”, mientras que René Guenon, consagra uno de sus ensayos más esmerados al tema del “rey del mundo”.

Nostradamus en una cuarteta de sus famosas “Centurias”  se hace eco de tradiciones más antiguas sobre el “gran monarca” y las incorpora a sus profecías, donde el “gran príncipe” es llamado el “gran monarca”. Su advenimiento se producirá después de una guerra de 27 años, que empezará en 1999, único año que se menciona con todos sus números y de forma explícita en las profecías de Nostradamus.

Esta leyenda tiene su origen en las décadas inmediatamente anteriores al año 1000, se trata pues, de un mito milenarista, de una promesa de renovación. Los primeros rastros de tal tema se encuentran en los escritos del abad Adson de Montier‑en‑Der (muerto en el 992). Pero Adson recoje fuentes anteriores, una de ellas el testimonio escrito de Isidoro de Sevilla (siglo VII) y otra, incluso anterior, debida a Cesario de Arles (siglo VI).

Es evidente que profecías de este tipo ganan fuerza justo en momentos de crisis y devastación. En el período posterior a las invasiones bárbaras, cuando los movimientos migratorios remiten, cobra fuerza la añoranza y el recuerdo del Imperio Romano, incluso entre los mismos pueblos germánicos invasores, la idea de que Roma representaba el Orden gana fuerza y se produce un sincretismo entre los mitos nórdico‑germánicos, aun con fuerza en esas razas, y los temas propios de la romanidad.

Esa añoranza del Imperio Romano se traduce en la aspiración a renovar el Imperio. Cuando Clovis (Crodoveo) es entronizado rey de los francos en el 496, recibe del Emperador de Oriente, la dignidad de Patricio y de César y, por este acto se considera renovado y regenerado el antiguo Imperio Romano. En siglos siguientes, a partir de Carlomagno y de los Hohenstaufen, la fórmula de consagración será calcada de la entronización de los Césares de Roma.

Pero la baja edad media supone una sucesión trepidante de convulsiones que crean en las poblaciones la sensación de que un ciclo está a punto de terminar. Los grandes príncipes son pocos y sus reinados breves, su recuerdo histórico se va diluyendo y entran vertiginosamente en el campo de la leyenda. Es en esa situación cuando se suceden las profecías, todas interpretando el mismo deseo subconsciente: un gran príncipe ‑el gran monarca‑ reunirá a todos los pueblos de Occidente para librar la última batalla contra las fuerzas del anticristo. Aquí podemos ver cristianizado el tema de la “orda salvaje” de Odín y de sus guerreros que esperan en el Walhalla la hora de la batalla contra las fuerzas del mal.

Ahora bien, en el tema del “gran monarca” existe un ápice de nacionalismo galo. El gran monarca nace en Francia, en Blois concretamente, y queda ligado indisolublemente a la corona de ese país; contrariamente, el tema del “rey del mundo” tiene un carácter más universal.

LA UNIVERSALIDAD DEL MITO

A principios de siglo dos relatos traen a Occidente el recuerdo aun vivo del “rey del mundo”. Saint Yves d’Alveydre en su “Misión de la India” y Ferdinand Owsendowsky en “Bestias, Hombres y Dioses” hablan, respectivamente de un reino subterráneo, Agartha o Agarthi, al que se refieren tradiciones vivas de Mongolia y la India, transmitidas por monjes budistas, en el que moraría el “rey del mundo”, el “chakravarti”.

En la tradición budista el “chakravarti” es el “señor de la rueda”, o si se quiere “el que hace girar la rueda”. Guenon nos dice al respecto: <<es quien, instalado en el centro de todas las cosas, dirige su movimiento sin él mismo participar, o sea quien es ‑según la expresión de Aristóteles‑ el “motor inmóvil”>>. Esa rueda está habitualmente representada con la forma de una svástica, símbolo que ante todo, indica movimiento en torno a un centro inmóvil.

El “rey del mundo” no es un tema exclusivamente budista. La Biblia registra la misteriosa figura de Melkisedec, rey y sacerdote de Salem, señor de Paz y Justicia. Salem, es equivalente al Agartha y Melkisedec el “chakravarti” judeo-cristiano.

El lugar de acceso a ese centro del mundo aparece en distintas tradiciones: son muchas las leyendas de cavernas que dan acceso al centro del mundo, también montañas que tienen la misma función, islas, lugares marcados con monumentos megalíticos (menhires frecuentemente), lugares “Omphalos” (ombligos del mundo como el santuario de Delfos), todos estos puntos tienen como denominador común el constituir “centros espirituales”, es decir, lugares en los que se favorece el tránsito entre el mundo físico y el metafísico, entre lo contingente y lo trascendente. Todos estos símbolos facilitan la entrada a otro nivel de la realidad, aquel que se ha hecho invisible para los hombres dada su impiedad o simplemente a causa de la involución cíclica del mundo. Entrado éste en la Edad Oscura (Kali Yuga, Edad del Hierro o Edad del Lobo), lo que antes era visible y accesible se convierte en secreto y oculto. No puede llegarse hasta él sino a través de pruebas iniciáticas y de un ascesis interior: tal es la temática de la conquista del Grial, de las grandes rutas de peregrinación, de temas masónicos como el de la “búsqueda de la palabra perdida”, etc.

En esos lugares mora un rey supremo, indiscutible, acaparador del poder espiritual y del temporal, oculto e inaccesible, señor de paz y justicia: el rey del mundo, el rey perdido.

LA RENOVACION DEL MUNDO A TRAVES DEL REY PERDIDO

Existe una interferencia de temas entre los temas del Rey del Mundo y el Gran Monarca de un lado y los del Rey Perdido de otro. Este último es un gran monarca que ha desaparecido misteriosamente y al que sus súbditos se niegan a creer que haya muerto. Las tradiciones indo‑europeas, hablan de reyes que se ocultan en cavernas, o simplemente que desaparecen pero que no han muerto. Pues bien, este es el punto de interferencia entre una y otra tradición.

El tema del “rey perdido” alude a reyes históricos que la crónica ha revestido de contenidos míticos; por el contrario el tema del “rey del mundo” pertenece exclusivamente al úniverso mítico. Cuando un rey histórico no muere sino que desaparece, oculto en una cueva, en una montaña o en una isla, es que ha pasado al dominio del Rey del Mundo, ha establecido contacto con él y ha tenido acceso a ese reino latente que está oculto por culpa de la degeneración del mundo. En todas las tradiciones el “rey perdido”, al desaparecer y entrar en contacto con el “rey del mundo”, legitima su poder y alcanza un rango divino.

Ahora bien, esa situación no durará siempre. Finalizado el ciclo, la espada vengadora del “rey perdido” se manifestará de nuevo y, gracias al poder de su brazo, el mundo quedará renovado, habitualmente tras una gran batalla.

En el Tíbet solo los monjes budistas que han alcanzado un más alto grado de perfección, tienen acceso al reino oculto de Shambala, del cual el Dalai Lama es su delegado y embajador. Allí reside Gesar de Ling, rey histórico que vivió aproximadamente en el siglo XI y gobernó el Tíbet. Las leyendas locales afirman que Gesar no ha muerto sino que retornará de Shambala al mando de un ejército, para someter a las fuerzas del mal y renovar el mundo agotado y caduco.

ARTURO Y FEDERICO BARBARROJA EN LAS LEYENDAS MEDIEVALES

En la Edad Media europea, mientras tanto, aparece una leyenda que fue considerada como verdad histórica, la del Preste Juan, el Rey Pescador. En Oriente, en un lugar impreciso entre Abisinia e India, existía un reino inmenso gobernado por un avatar de Malkisedec, el Rey Pescador. En su castillo se alojó Perceval en el curso de su conquista del Grial y fue allí donde vió la preciada copa y donde le fueron formuladas las preguntas fatídicas que Perceval en ese momento no supo contestar. Robert de Boron llega a calificar a Perceval de sobrino del Rey Pescador.

En el terreno de la historia se sabe que el Emperador Federico I recibió tres regalos del Preste Juan, (un abrigo de piel de salamandra, que le permitía atravesar las llamas, un anillo de oro y un frasco de agua viva) que suponían un reconocimiento de la dignidad imperial de Federico I por parte del “Rey del Mundo”. Así pues, el Rey del Mundo es aquel rey superior a los demás reyes y que los legitima para su misión.

En diversas ocasiones, monarcas europeos organizaron expediciones para establecer el contacto con el mítico reino del Preste Juan, que invariablemente se perdieron y jamás regresaron. Pero el tema subsistió en las leyendas del Grial.

Arturo, despues de la batalla contra las fuerzas del mal representadas por Mordred, se retira a la isla de Avalon. De Carlomagno se dirá lo mismo: que no está muerto, sino que, aguarda el tiempo en que sus súbditos vuelvan a necesitarlo. Federico I y su hijo Federio II, alcanzarán el mismo rasgo legendario, morando en el interior de montañas como el Odenberg o el Kyffhäuser, volverán cuando se produzca la irrupción de los pueblos de Gog y Magog, aquellos que Alejandro Magno ‑otro rey perdido‑ encerró con una muralla de hierro.

Es también en el período medieval en el que se establece la festividad de los Reyes Magos, personajes misteriosos que siguen a la estrella que marca el lugar de nacimiento de Cristo. Su triple imagen es un desdoblamiento de la figura de Melquisedec. Si en el rey de Salem está concentrado la triple función de “Señor de Justicia”, “Sacerdote de justicia” y “Rey de Justicia”, en los Reyes Magos, esta función está separada e individualizada en cada uno de ellos.

EL MITO DEL REY PERDIDO EN LA PENINSULA IBERICA

Sobre el suelo de la península ibérica florecieron también leyendas del mismo estilo. Jamás se encontró el cadáver de Roderic o Don Rodrigo, último rey godo; su recuerdo y el de la monarquía legítima animó a su portaespadas, Don Pelayo a iniciar la reconquista en su nombre nombre.

Más tarde, floreció el mito de Otger Khatalon, héreo epónimo de Cataluña; oriundo de Baviera, empuñaba como el Hércules mítico una pesada maza; liberó el valle de Arán y el valle de Aneu del dominio musulmán; una vez cumplida su obra desapareció, no está muerto, solo oculto, y solo volverá cuando se produzca una nueva crisis desintegradora.

Alfonso el Batallador y Don Sebastián de Portugal, desaparecido tras la batalla de Alcazalquivir, dejaron tras de sí un álito de misterio; años después todavía se creía que seguían vivos e incluso algunos impostores pretendieron usurpar su personalidad.

LAS ULTIMAS MANIFESTACIONES DEL MITO

A mediados del siglo XIX aun debía manifestarse el tema del rey perdido en Francia. La historiografía oficial no ha logrado desenmarañar el destino del Delfín de Francia, Luis XVII, desaparecido en la Torre del Temple de París tras el guillotinamiento de sus padres. Ni siquiera se sabe si el relojero holandés Naundorff, que llegó un día a París demostrando conocer con una precisión absoluta la infancia del Delfín, era el hijo de Luis XVI.

Setenta años después, algunos rusos blancos exiliados tras la Revolución Rusa, quisieron creer que la Gran Duquesa Anastasia jamás había muerto, sobrevivió a la masacre de Ekhaterinemburgo y daría continuidad a los Romanov.

Finalmente hubo muchos que se negaron a creer en la muerte de Hitler y durante años estuvo bien extendido la idea que había logrado sobrevivir al cerco ruso de Berlín y huir al Polo en donde prepararía el retorno y la venganza.

La fuerza de la leyenda tuvo aun un postrero coletazo en el “affaire” de Rennes le Chateau, cuyo tema central era la supervivencia de la dinastía merovingia y el hallazgo del “rey perdido” en la figura de un astrólogo y documentalista que decía ser gran maestre de un “Priorato de Sión”. Postreros ecos en los que laa credulidad de las masas arraiga en un sustrato de la psicología profunda de los europeos. Y es que, en el fondo, el “rey perdido” no es sino el arquetipo simbólico de una calidad espiritual próxima a la trascendencia, latente en todos los hombres, olvidada, más no perdida.

A MODO DE CONCLUSION

Caudillo derrotado en ocasiones (Dagoberto, Arturo), en otras muerto, pero cuyo cadáver jamás se encuentra (Barbarroja, Rodrigo), o simplemente líder victorioso de un período áureo (Guesar de Ling), consciente de que los ciclos históricos han decaido y que decide pasar a un estado de latencia hasta que se produzca la renovación del tiempo (de la que él mismo será vehículo), este mito es transversal en el espacio y en el tiempo, reiterándose en todo el ciclo indo‑ario.

Siempre la morada de este rey perdido es un símbolo polar: una montaña inaccesible (Barbarroja), una isla dorada (el Avalon de Arturo), el “centro” de la tierra (Cheng Rezing, el “rey del mundo” extremo‑oriental), un castillo dorado (Otger Khatalon). El presentimiento de su existencia anima a otros a emprender gestar y hazañas imposibles (la reconquista de Don Pelayo en relación a Rodrigo, los atentados del “Wherwolff” en relación a Adolfo Hitler, la conquista del Grial por los caballeros del Arturo muerto en Avalon) o estar a la espera de la llamada del monarca para acudir a la última batalla (el tema del Räkna-rok y de la morada del Walhalla, el tema del último avatar de Buda y de Shambala).

Lo que se pretende en otros casos es tomar el mito del rey perdido de una forma utilitarista: sería él y sus presuntos descendientes los que garantizarían la legitimidad dinástica (los descendientes de Dagoberto II en el affaire de Rennes le Chateau, los partidarios de Naundorf en la cuestión del Delfín, los de Juan Orth en la dinastía austro‑húngara, incluso los de la gran duquesa Anastasia en el caso de la herencia de los Romanov, etc.).

El mito del Rey del Mundo, las leyendas de los reyes perdidos y de los monarcas que aguardan la batalla final rodeados de sus fieles guerreros, pertenece a nuestro pasado ancestral. Es una parte de nosotros mismos, algo que debemos conocer y encuadrar en un universo simbólico y mítico, hoy perdido, pero del cual no podemos prescindir si queremos conocer nuestro origen y nuestro destino.

Autor del artículo: (c) Ernesto Milá – infokrisis – infokrisis@blogia.comhttp://infokrisis.blogia.com




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